Mateo
Cabrera
Artista
Acerca de Mateo
Mateo Cabrera pinta un mundo donde nada sigue el orden que conocemos. Los animales comparten el marco con las personas, los dinosaurios aparecen al lado de los seres humanos, y alguien podría de repente tener la cabeza de una flor. Él lo llama realismo mágico o a veces un surrealismo tranquilo y desde Lima ha pasado toda su vida dándole forma en óleo sobre lienzo.
Lo que busca es capturar algo que no se puede expresar con palabras. El misterio y la magia de la vida, aquello que los místicos de todas las épocas han perseguido, pero contado a través de los lenguajes del arte en lugar de un discurso religioso o filosófico. El impulso proviene del silencio y de la naturaleza; primero toma una forma voluntaria y luego, en óleo, se asienta. No es la copia de una realidad imaginada, es la marca de una forma de pintar que no se asemeja a nada más que a sí misma.
Frente a una de sus obras, lo primero que llega es el asombro, la maravilla. Mateo Cabrera no está ocultando un mensaje racional que deba ser descifrado; hay un juego de imágenes compuesto por un instinto estético, destinado a resonar en algún lugar profundo. Sus pinturas a menudo te cuentan algo: una escena dramática, casi siempre con un sentido del humor, pero la historia es ensamblada por quien esté mirando, no por él. Cada espectador tiende a inventar la suya propia.
Su mundo visual tiene algo de decorado teatral: escenas dramáticas y escenográficas, la estética del collage, criaturas que no aparecen en ningún catálogo natural. Y detrás de todo ello hay una raíz muy concreta. Mateo Cabrera comenzó a pintar de niño en Lima y nunca se detuvo; pasó por la universidad y por talleres, por una temporada en Londres y otra en Florencia, y se nutrió tanto de los grandes maestros europeos como de la cultura peruana, esa mezcla de esplendor europeo, grandeza prehispánica y una geografía singular. Él se ve a sí mismo en esa simbiosis.
Aún con toda esa formación, se describe a sí mismo como un rebelde autodidacta, incapaz de someterse a ningún método y en constante búsqueda técnica, con esa hambre de pintar mejor cada vez y de una manera más propia. Trabaja desde su estudio en San Isidro, donde pinta y vive. Lo que protege por encima de todo es la expresividad, la autenticidad de una forma de trabajar que es suya y de nadie más, y aunque la pintura es su lenguaje más profundo, también escribe poesía y hace collage digital.
Él se conecta con personas sintonizadas con lo visual y lo poético, con aquellos que aún se dejan impresionar por la naturaleza y con quienes buscan algo espiritual siempre y cuando también tengan sentido del humor: su obra, contemporánea y libre de pretensiones intelectuales, nunca es difícil de asimilar. Y si Mateo Cabrera le pide algo a alguien que descubre su pintura por primera vez, es precisamente que no la entienda completamente. Que nunca la comprenda del todo sería ideal, para que mantenga parte del enigma con el que se hizo el mundo, y todo lo que vemos en él.