Carlos
Terrasolo
Artista
Acerca de Carlos
Carlos Tessarolo pinta la figura y el color como una forma de convertir lo que sucede en un día ordinario, algo que vio en la calle, una conversación, una pieza de música, en energía y emoción. Es un pintor argentino, de esos que tratan el oficio como algo diario y total, y lo ha estado haciendo prácticamente toda su vida. Creció entre pinceles, bastidores y estudios de pintura; su padre, Héctor Tessarolo, fue una figura definitoria, y desde muy temprano sus días se pasaban entre artistas, salones y largas tardes de pintura. Para él, pintar nunca fue algo externo, era parte de la vida cotidiana. A los ocho años ya estaba participando en competencias, y a los trece tuvo su primera exposición.
Su verdadera formación comenzó junto a su padre y en compañía de algunos de los nombres fundamentales del arte argentino. Estudió en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes y aprendió de maestros como Enrique Policastro y Demetrio Urruchúa. De Antonio Berni adquirió un sentido de la humanidad y la fuerza narrativa; Tessarolo dice que de niño incluso posó para él. Esa raíz de La Boca, el oficio, la relación vital con la pintura sigue muy presente en lo que hace. Lo que sí cambió a lo largo de los años fue la libertad: el trabajo se volvió más suelto, más intenso, menos atado a las reglas académicas.
Él trabaja principalmente con óleo, dibujo, madera y cartón, y casi siempre comienza a partir de una fuerte corazonada visual. Una figura, una sensación física frente a un color, algo que vio o escuchó y a partir de ahí deja que la pintura encuentre su propio movimiento. Lo que le importa es que la imagen mantenga su vitalidad, que no se quede quieta. Es algo que protege incluso cuando le cuesta: nunca le interesó ajustar su pintura a las tendencias, ni reducir su intensidad para hacerla más “correcta.”
Cuando alguien vive con una de sus piezas, lo que busca es que el color siga respirando en el espacio a lo largo del tiempo, que cada nueva mirada encuentre un detalle que antes pasó por alto. Su obra se muestra mejor donde hay buena luz y cierta intensidad, y lo primero que tiende a provocar es una reacción inmediata, casi física, que luego se asienta en una relación más prolongada. Conecta más con las personas que son sensibles al color y a la pintura entendida como una experiencia viva en lugar de un objeto decorativo.
Hoy pinta en superficies pequeñas, cartón y madera, porque el Parkinson ya no le permite trabajar en formatos más grandes. Aún pinta todos los días, con la misma necesidad que siempre ha tenido. Pertenece a una generación que entendió la pintura como una práctica diaria y completa, y esa constancia es exactamente lo que se siente en cada pieza: el oficio de alguien que ha estado pintando durante más de sesenta años, con obras en museos y colecciones de varios países, y que nunca dejó de creer que el arte aún puede despertar emociones reales. Lo que quiere que la gente entienda cuando ve su trabajo es simple: que la pintura aún puede llevar energía y verdad humanas sin perder intensidad ni oficio.