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The Magazine/  Manifiesto

Aprender a mi

Timpo. 

Cordelia Garza

Me acuerdo del dolor de panza de las mañanas antes de la escuela. No era miedo a algo en concreto, era saber que no me iba a poder concentrar en todo el día y que en cualquier momento me podían pasar a leer enfrente. Aprendí a leer más tarde que mis compañeros, y esa diferencia, que para un niño es enorme, me seguía a todas partes como una sombra.

Yo quería sentarme hasta atrás, donde una se hace chiquita y desaparece un poco. Casi siempre terminaba hasta adelante, a veces junto al escritorio del maestro y volteada hacia el salón. Estudiaba en la tarde, lo entendía, y al día siguiente se me había borrado como si nunca lo hubiera visto. El sistema de entonces estaba armado para que una niña como yo viviera con la panza apretada, aunque nadie lo hiciera con esa intención.

Hubo de todo. Maestras lindísimas que, sin saber bien qué me pasaba, me trataron con cuidado, y otras que me ponían en evidencia. Me llegué a quedar dormida en clase y me despertaban de un modo que ya venía con la burla de todo el salón incluida. Después me puse un poco rebelde; una vez no me quería salir cuando me corrieron, y el maestro terminó cargando mi mesabanco conmigo encima hasta el pasillo, donde me dejó con la puerta cerrada con llave. Lo cuento y hasta me da risa hoy, pero en su momento no tenía nada de gracia.

Me las arreglé como pude. Desde chica hice algo que años después entendí que era puro relaciones públicas: me acercaba a los compañeros que sí eran buenos para la escuela y entre todos me echaban la mano. En las tardes siempre tuve una maestra que me ayudaba con la tarea; una de ellas, una viejita, o ya me había agarrado la onda de cómo funcionaba mi cabeza o de plano le daba flojera batallar, porque me dejaba dormir un rato y me hacía la tarea ella. Y sí, copiaba en los exámenes cada vez que podía. Nada de eso me hacía sentir orgullosa, pero ahora lo veo como lo que era: una niña resolviendo como podía algo que la rebasaba.


Por eso me marcó tanto el maestro de matemáticas que un día me dijo que ojalá de grande tuviera la suerte de tener dinero, porque por mí misma no iba a poder. No era un mal hombre. Creo que de verdad no entendía lo que estaba viendo. Pero esas cosas se quedan.

Años después todo eso tuvo nombre: dislexia, déficit de atención y una hipersensibilidad que vuelve el déficit todavía más enredado. Resulta que no era que no pusiera atención; era que se me iba entera a lo que de verdad me importaba y casi nada a lo demás. Un híper foco, le dicen. Visto así, aquella niña no estaba rota ni era floja. Leía el mundo en otro orden, y la escuela solo sabía calificar un orden.

Lo que me salvó no pasó dentro del salón. A mi mamá se le ocurrió buscarme cosas fuera de la escuela, algo donde yo pudiera ser yo sin esa sombra encima. Probamos varias hasta que dimos con el baile, y ahí s​e acabó la búsqueda. Pasaba tres o cuatro horas cada tarde en eso. Competía en serio y era buena, muy buena, y eso para una niña que en la mañana se sentía la última de la fila lo cambia todo.


El baile era el lugar donde no había dolor de panza. Las cosas se me quedaban en el cuerpo a la primera, sin repetirlas mil veces, y por fin había algo en lo que yo era la que sabía. No era un pasatiempo para distraerme; era el sitio donde todas las tardes recuperaba un poco de lo que la escuela me quitaba en la mañana. Si lo pienso bien, mi mamá no me apuntó a una clase, me dio otro espejo en el cual mirarme.

Y luego estaba mi familia. Grande, unida, bonita, de esas donde una nunca se siente sola del todo. Entre el baile en las tardes y mi casa, fui juntando por fuera la confianza que la escuela no me dejaba armar por dentro. A veces pienso qué habría pasado si la escuela hubiera sido mi único espejo, sin el baile y sin mi familia, y no sé bien qué habría quedado de la idea que yo tenía de mí misma. Prefiero no imaginarlo.

Porque al final lo que más me costó no fue leer tarde ni que se me olvidara la tarea. Fue creer que era capaz. Esa parte no me la quitó la dislexia; me la fui creyendo durante años, tragándome lo que el salón parecía decir de mí. Y recuperar esa confianza fue, con el tiempo, lo que de verdad me cambió la vida, mucho más que aprender a leer rápido.

Hoy me llevo bien con mi cabeza tal como es. Sé que me voy a clavar por completo en lo que me apasiona y que otras cosas se me van a resbalar, y dejé de pelearme con eso. Aquella niña de hasta adelante, la del dolor de panza, no se equivocaba al sentir que aprendía distinto. Solo le faltaba alguien que le dijera que no estaba aprendiendo mal, sino a su tiempo. Por suerte, en las tardes, alguien ya se lo estaba diciendo.