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The Magazine /  Manifiesto

Central 

Park

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Central Park parece naturaleza, pero casi nada de lo que hay ahí llegó solo. Los prados, el lago, las colinas suaves, hasta esos bosques que se sienten salvajes a media isla de Manhattan: todo está puesto a propósito. Es de los lugares más visitados del mundo y, al mismo tiempo, de los más malentendidos, porque la gente lo cruza pensando que es un pedazo de campo que la ciudad decidió no construir. Es justo al revés. Es una de las obras de diseño más ambiciosas que se han hecho nunca, vestida de cosa espontánea.

A mediados del siglo XIX, Nueva York crecía sin freno y no tenía un solo espacio verde grande donde respirar. Las familias con dinero viajaban a Londres o a París y volvían hablando de Hyde Park, del Bois de Boulogne, de esa idea de que una ciudad seria necesita su gran parque público. La presión fue subiendo hasta que el estado autorizó comprar un terreno enorme en el centro de la isla, un área rocosa y pantanosa que en ese momento quedaba casi en las afueras.

El terreno no estaba vacío. Ahí vivía gente, sobre todo una comunidad conocida como Seneca Village, fundada en 1825 y formada en buena parte por familias afroamericanas que estaban entre las pocas dueñas de su propia tierra en la ciudad, con sus casas, sus iglesias y una escuela. Los registros cuentan que cerca de mil seiscientas personas fueron desplazadas para abrir paso al parque. Es la parte de la historia que casi nadie ve cuando camina por ahí, y vale la pena traerla en mente.

El diseño salió de un concurso. Lo ganaron Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux con un plan al que llamaron Greensward, y la apuesta era clara: lograr que un terreno difícil pareciera un paisaje natural perfecto. Movieron cantidades absurdas de tierra, plantaron cientos de miles de árboles y arbustos, dejaron a la vista la roca antigua de Manhattan donde convenía y hasta hundieron las calles que cruzan el parque para que el tráfico no rompiera la ilusión. Cada vista está compuesta, como una pintura por la que se puede caminar.



Atrás de todo eso había una idea, no nada más ganas de tener algo bonito. Olmsted pensaba el parque como un lugar de todos, donde la persona que limpiaba casas y la que vivía en la Quinta Avenida pudieran caminar por el mismo prado un domingo. Los pulmones de la ciudad, le decían. En una época en que el verde era casi un lujo de ricos, meter un espacio así de grande y abierto en el corazón de Manhattan era una forma de decir que el aire, el silencio y el pasto también eran cosa pública.

Caminarlo es darse cuenta de que cada zona fue pensada para sentirse distinta. Está el Mall, la única línea recta de todo el parque, una alameda de olmos altísimos que lleva directo a Bethesda Terrace, el corazón del lugar y casi lo único con arquitectura formal: una terraza con su fuente, el Ángel de las Aguas, pensada como el gran salón al aire libre de la ciudad. A unos pasos quedan el Lake y el Bow Bridge, ese puente que sale en mil fotos sin que casi nadie sepa cómo se llama. Y más allá está el Ramble, un bosque hecho a propósito para perderse, con veredas que dan vuelta sobre sí mismas para que una no sepa bien en qué punto está, en plena isla de Manhattan.

Entre todo eso hay piezas que valen el desvío. El obelisco al que le dicen Cleopatra's Needle es egipcio y pasa de los tres mil años, así que es, por mucho, lo más viejo del parque y de casi todo lo que lo rodea. Strawberry Fields es el rincón dedicado a John Lennon, con el mosaico que dice Imagine en el piso, junto al edificio donde vivió. Y en verano, en el Delacorte, montan Shakespeare al aire libre y gratis, de esas cosas que de verdad justifican aguantar el calor de la ciudad en agosto.



El parque se fue terminando por partes, y para 1876 ya estaba casi completo. Hoy, rodeado por unos de los metros cuadrados más caros del planeta, sigue funcionando justo como lo pensaron. La gente corre la vuelta del embalse, rema en el Lake, se tira en el Sheep Meadow un domingo de sol, y por un rato se le olvida que está parada sobre una de las islas más construidas del mundo. Saber que nada de eso es casualidad, que cada colina y cada curva del lago las decidió alguien, no le quita el encanto. Al contrario. Una empieza a caminar distinto cuando entiende que está adentro de algo que alguien soñó completo.