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The Magazine /  Manifiesto

La Avenida que  

Siguio Subiendo Norte

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La historia de Nueva York se puede contar siguiendo a sus familias ricas, que se pasaron más de un siglo y medio mudándose hacia el norte. Al principio vivían en la punta sur de Manhattan, donde estaban el puerto y el dinero. De ahí fueron subiendo: Washington Square, Union Square, Murray Hill, después la Quinta Avenida y, al final, el Upper East Side. Cada generación de fortuna buscaba alejarse un poco de la anterior, y cada vez que lo lograba, la ciudad la alcanzaba y volvía a empezar la marcha.

Y la cosa empieza mucho antes de todo eso. En el principio ni siquiera se llamaba Nueva York, ni era Estados Unidos, ni era parte de nadie: era el negocio de una empresa. Se llamaba Nueva Ámsterdam, un puesto de comercio holandés en la punta de Manhattan que pertenecía a la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, fundado en 1624 y dedicado casi por completo al castor, que en Europa se pagaba carísimo para hacer sombreros. Un fuerte, un puerto, casas bajas, y un grupo de comerciantes a los que la tierra les importaba sobre todo por lo que se podía mover desde ahí.

Los ingleses llegaron cuarenta años después. En 1664 entraron unos barcos al puerto y pidieron la rendición, y los holandeses que no tenían ni ganas ni con qué pelear entregaron la ciudad sin un solo tiro. Le cambiaron el nombre a Nueva York, por el duque de York, y así se quedó. Inglesa siguió siendo más de un siglo más; solo dejó de serlo con la independencia, cuando las últimas tropas británicas se fueron en 1783 y la ciudad pasó a ser parte del país nuevo. Pero lo holandés no se borró: quedó en los apellidos, en las calles y en una mentalidad comerciante que la ciudad nunca soltó. Wall Street, de hecho, era el muro que marcaba el borde norte de aquel pueblo.

De ese mundo de comerciantes salió el apellido que terminaría marcando toda una era: los Astor. John Jacob Astor llegó de Alemania casi sin nada, alrededor de 1784, e hizo una fortuna enorme con las pieles. Pero su verdadero golpe de genio fue entender algo antes que nadie: la riqueza de Nueva York no iba a estar en la mercancía, sino en la tierra. Mientras otros acumulaban negocios, él fue acumulando Manhattan. Compraba terrenos al norte de la ciudad cuando todavía eran campo y esperaba a que la ciudad creciera hacia ellos, que es justo lo que pasaba. Para cuando murió, en 1848, los historiadores lo describen como el hombre más rico del país, con una fortuna que se calcula en torno a los veinte millones de dólares de la época. Le decían “el casero de Nueva York”.


La segunda mitad del siglo XIX fue todavía más desmedida. Es la época que Mark Twain bautizó como The Gilded Age, la edad dorada: dorada por fuera, mucho más complicada por debajo. En esos años un puñado de hombres estaba literalmente inventando industrias enteras Carnegie el acero, Rockefeller el petróleo, Vanderbilt los ferrocarriles, Morgan la banca moderna y amasando cantidades de dinero que el país no había visto nunca.

Una de las razones por las que esas fortunas crecieron tanto, en la lectura que hacen muchos historiadores, es que el gobierno de entonces no estaba preparado para tanta riqueza. No existía todavía un impuesto federal sobre la renta eso llegó hasta 1913, ni el impuesto a las herencias que vino poco después, ni nada parecido a las leyes laborales de hoy. El dinero entraba casi sin frenos. Así que, mientras millones de inmigrantes llegaban al puerto a buscar trabajo, un grupo pequeño de familias levantaba palacios privados inspirados en Europa. Y el escenario que eligieron fue la Quinta Avenida.

Lo que hoy es una avenida de tiendas era entonces una calle residencial: una hilera de mansiones monumentales donde transcurría la vida social más exclusiva de Estados Unidos. Pero hasta dentro de ese mundo había jerarquías, y nadie las controlaba mejor que Caroline Schermerhorn Astor. La conocían, simplemente, como “Mrs. Astor”.



En una época sin redes, sin televisión y sin internet, Mrs. Astor era el algoritmo: ella decidía quién pertenecía y quién no. Venía de las familias holandesas viejas los Knickerbockers, como les decían, por un personaje que se inventó el escritor Washington Irving y armó la lista más famosa de la ciudad junto a Ward McAllister, un sureño obsesionado con los modales que se autonombró árbitro de la elegancia. La lista se llamó “los Cuatrocientos”, que era, según se cuenta, más o menos la cantidad de gente que cabía cómodamente en su salón de baile. McAllister lo decía sin pena: fuera de esas cuatrocientas personas, uno empezaba a toparse con gente que no estaba a gusto en un salón de baile. Estar en la lista significaba haber llegado; no estar significaba exactamente lo contrario. No vendía nada, pero repartía algo más difícil de conseguir que el dinero: pertenencia.

Ese mundo se rompió con una fiesta. El dinero nuevo seguía llegando, y los Vanderbilt riquísimos del ferrocarril eran, a ojos de Mrs. Astor, demasiado nuevos para entrar. Una de ellas, Alva Vanderbilt, se cansó de esperar la invitación: se construyó una mansión enorme estilo castillo francés sobre la Quinta y en 1883 dio un baile de disfraces para más de mil invitados como la ciudad no había visto nunca. El detalle fino fue que dejó fuera a la hija de Mrs. Astor. La historia que se cuenta es que Mrs. Astor, para que su hija pudiera ir, no tuvo más remedio que mandar su tarjeta a casa de los Vanderbilt; un gesto mínimo, casi de trámite, pero que en ese mundo lo significaba todo. Era la vieja aristocracia reconociendo por fin al dinero nuevo. Desde esa noche, la alta sociedad de Nueva York dejó de caber en un solo salón.

Y de nuevo, la ciudad empezó a subir. El primer salto fue a los cincuentas de la Quinta por donde hoy están Rockefeller Center y las tiendas insignia, donde los Vanderbilt levantaron sus residencias desafiando las convenciones de la época. El salto definitivo lo dio la propia Mrs. Astor: en los años noventa abandonó su histórica casa de la calle 34 y se mudó mucho más al norte, a una mansión nueva en la Quinta con la 65, frente a Central Park. Con ese movimiento le dio la bendición al Upper East Side como el nuevo territorio del poder. La reina cambió de palacio, y la corte la siguió, de la 59 hacia arriba.


Lo que pasó después con esas dos casas dice bastante sobre cómo funciona Nueva York. En el terreno de la calle 34, donde Mrs. Astor había reinado durante años, la familia acabó levantando un hotel —el primer Waldorf-Astoria, en su momento el más famoso del mundo; y cuando ese hotel también pasó de moda, lo demolieron para construir, sobre ese mismo lugar, el Empire State Building. Su mansión del Upper East Side, la de la 65, tuvo un destino igual de curioso: se demolió en los años veinte y hoy, sobre ese terreno, está Temple Emanu-El, una de las sinagogas más grandes del mundo. Hay una vuelta bonita en ese dato: la congregación había empezado décadas antes en el Lower East Side, con inmigrantes judíos alemanes, y fue subiendo hacia el norte igual que todos los demás, hasta terminar justo donde había estado el palacio de la reina de la vieja sociedad.

Mientras tanto, la Quinta frente al parque se convirtió en el corredor residencial más codiciado del país. Los apellidos que hoy llenan los libros de historia construyeron ahí: Carnegie, Frick, Whitney, Vanderbilt, Rockefeller, Astor. Cada mansión era una declaración, y cada fachada competía en silencio con la de al lado. Casi ninguna sobrevivió la mayoría se demolió en los años veinte, cuando llegaron los impuestos y los edificios de departamentos y de pronto rendía más un edificio que un palacio para una sola familia, pero el prestigio se quedó pegado al lugar. Porque el lujo, al final, nunca estuvo en los edificios. Estuvo siempre en la ubicación.

Quizá por eso el Upper East Side sigue sintiéndose distinto. No es solo que sea caro Nueva York está lleno de lugares caros, es que la historia ahí todavía se ve. Una caminata por la Quinta puede llevarte de la Frick Collection hasta el Met, pasando frente a edificios que llevan más de un siglo viendo pasar fortunas, modas y generaciones. Hay familias que llevan ahí desde siempre, y otras que llegan buscando algo que con dinero no se compra tan fácil: legitimidad.

Y ahí está la ironía linda de toda esta historia. Los Astor, los Vanderbilt, los Carnegie creían estar construyendo monumentos para siempre, y sus casas terminaron en hoteles, sinagogas, museos y torres de oficinas. Las fortunas se repartieron, los imperios cambiaron de manos, la ciudad siguió subiendo. Lo que dejaron no fue la piedra, sino el mapa: esas mismas cuadras del Upper East Side, sobre la Quinta y frente al parque, siguen siendo el centro de gravedad de la ciudad, siglo y medio después. Se camina por ahí cualquier mañana y, debajo de todo, sigue estando lo mismo: una ciudad que nunca dejó de moverse hacia el norte, y la gente que, generación tras generación, intentó ir un paso adelante.