Durante mucho tiempo pensé que construir algo empezaba con una idea.
Hoy creo que no.
A veces empieza mucho antes. Empieza mientras estás viviendo. Mientras estás resolviendo. Mientras eres mamá, hija, amiga, mujer. Mientras te equivocas, cambias de opinión, haces planes que después no suceden y aprendes -a veces a la buena y otras no tanto- que la vida rara vez se parece a como la imaginaste.
Los últimos años me han cambiado muchísimo.
Mis hijas crecieron. Y aunque evidentemente sabía que eso iba a pasar, nadie me explicó lo extraño que se siente cuando sucede de verdad.
Ser mamá ha sido probablemente el trabajo más importante de mi vida. Durante años, gran parte de mis días estuvieron construidos alrededor de ellas: dónde estaban, qué necesitaban, qué les preocupaba, cómo ayudarlas, cómo protegerlas.
Y después llega un momento en el que el amor empieza a pedirte algo completamente diferente.
Soltar.
Dejarlas hacer su propia vida. Equivocarse. Elegir. Irse.
Y aprender tú también a quedarte un poquito más contigo.
No voy a romantizarlo. Ha habido momentos preciosos y otros muy difíciles. He tenido miedo. He dudado muchísimo de mí. He sentido esa culpa tan particular que conocemos las mamás, esa que aparece incluso cuando sabes racionalmente que estás haciendo lo mejor que puedes.
También he tenido que aceptar que hay etapas que terminan aunque una todavía no esté lista para despedirse de ellas.
Pero entre tanto movimiento ocurrió algo que hoy puedo ver con mucha claridad:
volví a encontrar partes de mí que tenía un poco guardadas.
Siempre me han fascinado las cosas bonitas.
Y cuando digo bonitas no me refiero solamente a cosas caras o perfectas.
Puede ser una mesa increíble en un restaurante que nadie conoce. Una mujer que hace algo extraordinariamente bien. Un hotel chiquito al que quiero regresar. Un libro. Una receta. Una camisa blanca perfecta. Una conversación. Una casa. Una fotografía. Una crema que realmente funciona. Una ciudad. Una idea.
Soy esa persona que cuando descubre algo bueno inmediatamente piensa: se lo tengo que mandar a alguien.
Creo que llevo haciendo eso toda mi vida.
Mis amigas me preguntan dónde comprar algo, dónde comer, qué llevar a un viaje, qué regalar, qué probar. Yo pregunto, investigo, guardo screenshots, hago listas, descubro personas y lugares.
Y un día entendí que quizá todo eso que parecía simplemente parte de mi personalidad también podía convertirse en algo.
Al mismo tiempo, yo necesitaba crear.
Necesitaba poner mi cabeza y mi energía en algo que me emocionara. Algo que fuera mío, pero que también pudiera compartir.
No quería inventarme una nueva Cordelia.
A estas alturas de mi vida, francamente, ya no me interesa.
Quería regresar a la que siempre había estado ahí.
La curiosa. La que pregunta. La que busca. La que cocina. La que viaja. La que observa. La que encuentra belleza en lugares inesperados. La que se emociona descubriendo a alguien que hace su trabajo con una pasión impresionante.
Y de ahí empezó a aparecer The Ėditure.
No como una respuesta perfecta a todo lo que estaba viviendo.
Más bien como una consecuencia.
Toda esa energía que durante mucho tiempo puse en cuidar, resolver, preocuparme, anticiparme y tratar de tener todo bajo control, empecé a ponerla también en crear.
Y fue increíble descubrir que todavía tenía tantas ganas.
Ganas de empezar.
Ganas de aprender algo nuevo
Ganas de trabajar con gente talentosa.
Ganas de construir una comunidad.
Ganas de volver a sorprenderme.
Hay algo muy poderoso en descubrir eso cuando ya has vivido suficiente para conocerte mejor.
Porque empezar a esta edad es diferente.
Ya sabes que las cosas pueden salir mal.
Ya sabes que la gente cambia.
Ya sabes que los hijos crecen.
Ya sabes que algunos planes se rompen y que, aun así, la vida continúa.
Pero también sabes algo que quizá no sabías cuando eras más joven:
tú también sigues.
Y puedes volver a elegir.
Puedes volver a enamorarte de una idea.
Puedes cambiar.
Puedes construir algo nuevo sin tener que destruir todo lo anterior.
Puedes ser mamá y seguir siendo mujer.
Puedes cuidar profundamente a los demás sin desaparecer tú.
Y puedes descubrir que una etapa que parecía estar quitándote algo quizá también estaba haciéndote espacio.
The Ėditure nació en ese espacio.
Y The Magazine nace porque no quiero que este lugar sea solamente acerca de cosas que nos gustan.
Quiero que sea acerca de las personas detrás de ellas.
Quiero conocer a mujeres y hombres que hacen algo extraordinariamente bien. Personas con historias interesantes, con oficio, con sensibilidad, con fracasos, con obsesiones, con ideas.
Quiero que aquí podamos hablar de diseño y de maternidad. De comida y de miedo. De viajes, belleza, libros, negocios, relaciones, casas, creatividad y de empezar otra vez.
De las cosas bonitas.
Y también de las cosas importantes.
Porque después de estos años entendí que una vida interesante no es una vida perfecta.
Es una vida que todavía te da curiosidad.
Hoy mis hijas están empezando a construir sus propias vidas.
Y yo estoy aprendiendo a construir esta nueva parte de la mía.
No sé exactamente cómo va a verse.
Y por primera vez en mucho tiempo, no necesito saberlo todo.
Solo sé que tengo muchísimas ganas de descubrirlo.
Y si estás leyendo esto, me hace muchísima ilusión que vengas conmigo.
Bienvenidos a The Magazine.
Bienvenidos a The Ėditure.
— Corde