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The Magazine/  Manifiesto

De la Mano

Al Salon. 

Cordelia Garza

Hay un gesto que toda mamá conoce: esa manita que aprieta la tuya camino al salón el primer día de primaria y que, en algún momento, se suelta y entra sola. La primera vez que lo viví se me hizo un nudo en la garganta. Suena a poca cosa, pero es de las primeras veces que entregas a tu hija al mundo y te toca quedarte afuera. 

Dicen que la niñez tiene dos mitades. Los primeros años transcurren casi todos en casa, con la familia, en una burbuja que una controla; y luego llega la primaria, que es cuando empiezan a socializar de verdad, a hacer sus propios amigos y a tener sus primeros encuentros con lo académico. Ese salón es su primer territorio sin ti, y aunque te emociona verlas crecer, también duele un poquito dejar de ser su mundo entero.

De los años de antes me quedo con haberlas dejado ser. A esa edad son pura curiosidad, aprenden a cada minuto, y lo mejor que una puede hacer es dejarlas explorar: que se mojen, que se ensucien de lodo, que se rompan los pantalones. No se enferman por eso, al contrario, van agarrando defensas y van descubriendo el mundo que por ahora todavía controlas tú. Me costó soltar el control, lo confieso, pero esos son los años de embarrarse, no de portarse perfecto.


Y aquí te confieso algo personal: a mí la escuela nunca se me dio fácil. No la pasé bien de niña en un salón, y eso, que en su momento me dolió, hoy me sirve como mamá, porque aprendí a no medir a mis hijas por una calificación. A esa edad lo que de verdad cuenta no es cuánto memorizan, es el sentimiento que les queda alrededor de aprender; si la escuela les sabe a miedo o les sabe a curiosidad, eso marca. Por eso me importa más que lleguen contentas a que lleguen siendo las primeras de la clase.

Con los años, esa manita que te apretaba ya no te busca para cruzar la calle ni para entrar al salón; entra sola, segura, sin voltear. Y aunque es exactamente lo que una quiere, que sean capaces e independientes, se extraña. Como todas las etapas, la de tenerlas chiquitas y de la mano tiene lo suyo, y como todas, cuando pasa no vuelve. Así que si todavía te aprietan la mano camino a la escuela, disfrútalo, que es de las cosas más bonitas y más breves que va a haber.