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The Magazine /  Manifiesto

Del Otro Lado 

De la Adolenscencia. 

Cordelia Garza

Tengo dos hijas adolescentes en casa. Te platico que de un tiempo para acá las puertas de sus cuartos viven cerradas, las respuestas me llegan en monosílabos y los planes ya no arrancan conmigo, arrancan con las amigas. Algo que me costó aprender es que a esta edad te dicen lo que piensan y lo que quieren, pero casi nunca lo que sienten; eso se lo guardan, y una se lo tiene que ganar. Donde antes yo era la primera en enterarme de todo, ahora me entero al final, si bien me va. Y aunque al principio me dolió, ya entendí que no hice nada mal: simplemente están creciendo.

Lo entiendo, además, porque yo estuve del otro lado. Mi adolescencia, te soy honesta, fue de las complicadas no la pasé nada fácil, así que cuando veo a una de ellas encerrada o de mal humor, no la juzgo, me acuerdo. Me acuerdo de las ganas de que me dejaran en paz, de querer decidir por mí misma aunque no tuviera idea de nada, de sentir que mis amigas me entendían más que nadie, de haber dejado de ser niña sin saber todavía qué era. Esa misma confusión se la veo ahora a ellas. Porque eso es lo que pasa: su referencia ya no son los papás, son los amigos, y una se va corriendo del centro del escenario. No es por falta de aptitudes, es la etapa.

Lo que más me ha costado, la verdad, es que ya me bajaron del pedestal. Un día eras la persona favorita de tu hija, la que tenía todas las respuestas, y de pronto le hace más caso a una amiga que a ti. Y lo más desconcertante: con todo el mundo son un encanto y en casa sacan la peor versión. Me tardé en entender que no es contra mí, al revés: la casa es el único lugar donde se sienten lo bastante seguras para tronar, y que me toque a mí ese lado es, en el fondo, su manera de confiar. Ojo, eso no quiere decir que lo esté haciendo mal. Quiere decir que está pasando lo que tiene que pasar.

Ahí fui entendiendo que mi papel estaba cambiando, que dejaba de ser la que provee y resuelve para volverme más bien una acompañante. Que ya no las iba a convencer como antes piensan distinto, nos separan un montón de años y que mi chamba ahora era dar mi punto de vista y mis razones, una vez y no mil, porque aprendí a escoger las batallas en lugar de repetir lo mismo hasta el cansancio. Poner límites con cariño y cumplirlos, y dejarlas tropezar dentro de lo razonable, porque resolverles todo no las prepara, las deja más frágiles. Y algo que me repito cuando me gana la angustia: lo que más calma a una adolescente es tener cerca a un adulto tranquilo. Desde la angustia, una pierde.


Hay algo que aprendí a la mala: mis hijas eligen las once de la noche, justo cuando ya me caía de sueño, para soltarme lo que de verdad les pasa. Y por más cansada que esté, no les digo “mañana platicamos”, porque esa ventana no se abre dos veces. Aprendí también a solo escuchar: si las interrogo, se cierran; si las corrijo en ese momento, dejan de hablarme. La opinión, si acaso, la guardo para el día siguiente. Hasta descubrí que se sueltan más si les hablo de una serie o de una canción que si les pregunto de frente por sus cosas. Así que me desvelo, escucho y me muerdo la lengua, y vale la pena cada vez.

Y luego están los primeros amores, que se viven con una intensidad que de grandes se nos olvida. El enamoramiento es una niebla que dura unos meses y te deja sin cabeza yo tuve noviazgos de todo, algunos medio tóxicos, y te soy honesta, a veces la tóxica era yo, y recuerdo perfecto esa sensación de que el mundo se te acaba cuando truenas a los quince. Total, casi nunca te quedas con tu primer novio; lo que queda es el aprendizaje. Hoy, cuando veo a una de ellas con el corazón roto por alguien que en tres meses ni va a recordar, me aguanto las ganas de minimizarlo, porque me acuerdo de que para mí, a esa edad, era de lo más real que había.

Hay algo que de adolescente me chocaba muchísimo y que hoy hago yo: querer saber siempre dónde están y con quién. Cuando era yo la del otro lado, lo sentía como desconfianza. Ahora que les escribo “¿ya llegaste?” entiendo que no tiene nada que ver con desconfiar de ellas: es que son, sin competencia, lo más valioso que tengo, y el mundo de allá afuera es más complicado de lo que una alcanza a ver a esa edad. No las vigilo; necesito saber que están bien para poder dormir. Ojalá algún día lo entiendan como yo lo entendí, ya tarde, cuando me tocó ser la mamá.

Por eso ahora trato de vivir esta etapa lo más presente que puedo, con todo y portazos. Me cuesta, porque una tiende a fijarse en lo que falla, pero intento entrenar el ojo para lo que va bien: cómo se ríen, lo que descubren, en quiénes se están convirtiendo. Me quedan pocos años de tenerlas así de cerca, bajo el mismo techo; después seré más bien la persona a la que llaman cuando quieren un consejo, y voy a tener que aprender a darlo sin caminar a su lado. Al final criar es eso, ir pasando de una relación vertical, de mamá que manda, a una horizontal, de dos mujeres que se quieren. Un día, sin que alcance a ver la línea exacta, voy a tener enfrente a dos adultas hechas y derechas, y sé que voy a extrañar hasta la puerta cerrada. Así que mejor la disfruto ahora.