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The Magazine /  Manifiesto

El Arte de    

Acompañar

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Cuando alguien que queremos está pasando por algo difícil una muerte, un diagnóstico, una pérdida, casi siempre nos agarra sin saber qué hacer. Nos quedamos mudos, o hablamos de más para llenar el silencio, o nos alejamos un poco porque no encontramos las palabras. Da una especie de pánico no saber qué decir, como si existiera una frase correcta escondida en algún lado y el problema fuera dar con ella.

Y casi siempre lo que sale es el impulso de arreglar. Queremos dar un consejo, encontrarle el lado bueno, decir algo que lo componga: “todo pasa por algo”, “al menos…”, “lo que tienes que hacer es…”. Viene del cariño, pero suele caer mal, porque la persona no está buscando una solución; muchas veces no la hay. No necesita que le resolvamos nada. Necesita compañía, que es una cosa completamente distinta.

Lo que queda, al final, no es la frase que tanto nos costó encontrar. La gente no se acuerda de lo que le dijimos en un momento así; se acuerda de quién estuvo: de quién apareció en el velorio sin saber qué decir y se quedó de todos modos, de quién llevó comida sin preguntar, de quién se sentó a un lado sin necesidad de llenar el silencio. Acompañar pesa más por presencia que por palabras, y eso, que quita la presión de decir lo correcto, también nos deja sin excusa: no hace falta ser elocuente, hace falta estar.

Hay una regla muy simple que ayuda a no equivocarse, y la pensó alguien que pasó por una enfermedad dura y se cansó del consuelo torcido. Es esta: frente a quien está sufriendo, uno solo consuela. El propio miedo, la tristeza, el “no sé qué haría yo en su lugar”, todo eso es válido y hay que sacarlo, pero no con la persona que está en medio del dolor; eso se habla con alguien que esté más lejos del golpe. Consuelo para quien sufre; desahogo para el otro lado. Suena de sentido común, y aun así es lo que más se rompe, porque muchas veces, sin querer, terminamos buscando consuelo justo en la persona a la que veníamos a acompañar.


Porque acompañar de verdad tiene poco de espectacular. Es escuchar sin corregir, preguntar poco, aguantar el silencio sin incomodarse. Es resistir las ganas de comparar con lo propio o de apurar a la persona a que ya esté bien. En el fondo, todos necesitamos lo mismo cuando estamos mal: sentir que alguien nos entiende y sentir que alguien nos quiere. Casi todo lo demás sobra.

Por eso acompañar es de las pocas cosas que siempre podemos ofrecer, incluso sobre todo cuando no podemos arreglar nada. No vamos a recordar las palabras justas, ni las nuestras ni las de nadie. Vamos a recordar quién se quedó. Y quedarse, cuando no hay nada que decir, es probablemente la forma más alta de querer a alguien.