Cuando uno piensa en cuidarse, piensa en comer mejor, dormir, moverse, ir al doctor a tiempo. Casi nunca piensa en a quién va a ver el sábado, y resulta que eso pesa tanto como lo demás, a veces más. La gente con la que pasamos los días no es el decorado de la vida; es buena parte de la vida misma, y de cómo nos va en ella.
Hay un estudio de Harvard que lo dejó bastante claro, de los más largos que se han hecho sobre la felicidad: empezó hace más de ochenta años y siguió a las mismas personas a lo largo de toda su vida, década tras década, hasta la vejez. Cuando los investigadores juntaron todo lo que sabían, lo que mejor predecía quién iba a llegar sano y contento a los ochenta no era el colesterol ni la presión a los cincuenta. Era qué tan satisfechos estaban con sus relaciones. Las buenas relaciones, resumieron, nos mantienen más sanos y más felices. Así de simple, y así de fácil de olvidar.
Y no se trata de tener muchísima gente alrededor; no es cosa de cantidad. Una puede estar rodeada y sentirse sola, o tener tres personas de verdad y sentirse en casa. Lo que sostiene no es el número, es la sensación de que hay alguien que te ve de verdad, que te escucha sin estar a medias, con quien se puede estar sin tener que actuar. Eso, que suena tan básico, es de lo más difícil de encontrar y de lo que más nos sostiene.
Tiene sentido que pese tanto en el cuerpo. Tener a quién contarle las cosas baja el ruido, calma esa alarma que se enciende cuando algo va mal; es como tener dónde apoyarse cuando el día pega. Y al revés también funciona: la relación que te tiene en vilo, la que es una montaña rusa de estar muy bien y muy mal, desgasta de un modo que termina notándose. No todo lo que nos rodea suma. Hay compañía que descansa y compañía que cansa, y el cuerpo sabe distinguirlas aunque la cabeza tarde.
Lo otro que se olvida es que las relaciones no se mantienen solas. Son como una planta: si no la riegas, se seca, por buena que haya sido. Y no se riega con grandes gestos, sino con lo aburrido y constante: aparecer, llamar sin motivo, acordarse, dar tiempo aunque uno llegue cansado. La amistad que dábamos por segura un día ya no está, no por pleito, sino por descuido, por dejar pasar. Cuidar a quien queremos es menos épico de lo que suena y más cotidiano: es estar.
Por eso vale la pena pensarlo como lo que es: cuidar a la gente que tenemos cerca también es cuidarse. Tanto como la ensalada y la caminata, quizá más. Y lo bueno es que nunca es tarde para regar lo que se había secado un poco, ni para acercarse a quien hacía rato no veíamos. Al final, buena parte de cómo nos va en la vida tiene la forma de las personas a las que les damos nuestro tiempo y nuestra atención. Conviene escogerlas bien, y una vez escogidas, no soltarlas.