Últimamente se habla muchísimo de empatía, tanto que de tan repetida casi pierde el sentido. Pero pocas veces nos paramos a pensar qué es exactamente y, sobre todo, que no es un rasgo que se tiene o no se tiene, sino algo que se puede practicar y mejorar con los años, como cualquier cosa que se aprende. Casi todos la vivimos sin nombrarla: alguien nos contesta cortante, no responde un mensaje, se nos mete en la fila, y en automático le armamos una historia en la cabeza, casi siempre una en la que esa persona queda mal. Y de vez en cuando, más tarde, nos enteramos de lo que traía cargando ese día, y la historia que habíamos inventado se cae sola.
Eso último es el corazón del asunto. La empatía, cuando se desarma en partes, es tres cosas a la vez: entender cómo ve las cosas el otro aunque una no las viva igual, sentir aunque sea un poco lo que siente, y que eso mueva a hacer algo, aunque sea callarse el comentario. Lo tranquilizador es que se entrena. No es que unos nacieron empáticos y otros no; es un músculo, y se pone más fuerte mientras más se usa. La buena noticia, entonces, es que nunca es tarde para volverse mejor en esto.
Y conviene volverse mejor justo ahora, porque vivimos un momento raro. Por un lado, nunca como hoy se ha hablado tan abierto de salud mental y emocional; sabemos, más que nunca, que la gente carga cosas que no se ven ansiedad, duelos, miedos, noches malas detrás de una cara normal. Por otro, unos investigadores que llevan décadas midiendo esto vieron que la empatía, en lugar de subir, ha ido bajando, y que la caída se hizo más fuerte con las pantallas. Juzgamos más rápido y desde más lejos: un comentario, una foto, un recorte de algo que ni vimos completo. Y la verdad es sencilla: nadie tiene el contexto completo de lo que otro ha vivido y está viviendo. Opinar de alguien desde nuestra vista parcial casi siempre es injusto, porque nos falta justo lo que lo explicaría todo.
Hay un lugar donde todo esto cuesta especialmente, y vale la pena decirlo entre nosotras: a veces, las mujeres no nos apoyamos como deberíamos. Una pensaría que seríamos las primeras aliadas unas de otras, y muchas veces lo somos, pero seamos honestas: a veces somos las últimas en aplaudirle a una de las nuestras. No por malas. Venimos de un mundo que por mucho tiempo nos dio menos lugares, y esa escasez nos enseñó, sin que nos diéramos cuenta, a mirar el paso adelante de otra mujer como si fuera una medida en contra del propio. Por eso, cuando una se anima a empezar algo un negocio chico, una idea, un cambio en su vida, es justo ahí donde la empatía hace su mejor trabajo: acordarse de que está arriesgando y cargando cosas que no vemos, y elegir ser su primera aliada en vez de su jueza callada.
En la práctica, la empatía es menos un sentimiento y más una costumbre de frenar tantito. Frenar antes de dar por hecho lo peor, preguntar en lugar de concluir, imaginar la versión de la historia en la que el otro no es el villano porque casi siempre existe y, muchas veces, aguantarse el comentario que ya traíamos listo. Si hubiera que reducirlo a una sola regla, sería esta: ante la duda, dar por hecho que el otro carga algo que no alcanzamos a ver. Cuesta poquito y cambia casi todo.
Al final, la empatía es decidir, una y otra vez, darle al otro el beneficio de la duda que nos gustaría que nos dieran a nosotras. Y entre mujeres, todavía más: ser la que extiende la mano primero y celebra sin que le pese, la que se acuerda de que la de enfrente también la está librando como puede. No cambia el mundo de golpe, pero sí cambia el pedacito que nos toca, que muchas veces es por donde empieza todo.