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The Magazine /  Manifiesto

Lo Que Mira  

Un Niño

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Un niño se queda viendo una paloma como si fuera la primera del mundo. Se le va el cuerpo entero detrás de un perro, de un charco, de una hoja que cae, y por un rato no existe nada más. No lo hace por sabio ni por tierno; lo hace porque todavía no aprendió a estar en otro lado. Para él solo existe lo que está pasando, y lo que está pasando le basta.

Con los años eso se va perdiendo, casi sin darnos cuenta. Empezamos a comer pensando en la junta, a manejar repasando la discusión de ayer, a escuchar a alguien mientras por dentro vamos armando la respuesta. El cuerpo está en un lugar y la cabeza en otro, casi siempre. Dejamos de mirar la paloma porque ya sabemos lo que es una paloma, y en ese “ya sé” se nos escapa media vida.

No es una exageración bonita: hay quien lo midió. Unos investigadores de Harvard siguieron a miles de personas a lo largo del día y encontraron que pasamos casi la mitad del tiempo despiertos pensando en algo distinto de lo que estamos haciendo. Y lo más interesante no es eso, sino lo otro que vieron: esa fuga de la mente, más que la actividad en sí, es lo que termina poniéndonos de malas. No importa tanto qué estábamos haciendo; importa que no estábamos del todo ahí.

Tiene lógica, si uno lo piensa. Cuando la mente se va, casi siempre se va a dos lugares: al futuro, a ensayar algo que todavía no pasa, o al pasado, a darle vueltas a algo que ya no tiene arreglo. Preocupación de un lado, arrepentimiento del otro. Y entre los dos se queda flaco el único momento donde de verdad pasan las cosas, que es este. El pasado ya fue y el futuro es una idea; lo que se puede tocar, oler y oír está siempre aquí.

Hasta las emociones funcionan así. Una neurocientífica lo describió de un modo que ayuda: la parte física de una emoción el golpe en el pecho, la cara caliente, el nudo dura mucho menos de lo que creemos, apenas un puñado de segundos. Lo que la estira por horas, o por días, no es la emoción; es la historia que nos seguimos contando encima. El enojo de verdad pasa rápido. El “no puedo creer que me haya dicho eso”, repetido toda la tarde, ya es otra cosa, y esa sí la elegimos nosotros.

Por eso volver al presente no es un curso ni una técnica con pasos. Es algo mucho más chiquito y más al alcance: tomarse el café sintiendo el café, no revisando el teléfono al mismo tiempo. Oír a alguien sin estar pensando qué vas a contestar. Caminar a un lado y darte cuenta de que el día está fresco. No hace falta retirarse a una montaña; basta con bajarle el volumen al ruido de lo que falta y de lo que ya fue, lo suficiente para notar lo que ya está.

Lo curioso es que no hay que aprender nada nuevo. Es más bien acordarse de algo que sabíamos de niños y dejamos de practicar. El niño que se queda viendo la paloma no está haciendo un ejercicio de atención plena; simplemente está donde está. Quizá la vida buena no sea otra cosa que eso, repartido en mil momentos pequeños: estar de verdad donde uno está, aunque sea viendo volar una paloma cualquiera.