De mis dos embarazos me acuerdo de todo, hasta de lo que en su momento no supe disfrutar. Te soy honesta: hubo días pesados, sin aire, sin poder dormir bien, sin reconocerme en el espejo y sin poder hacer mi vida como antes. Una cree que el embarazo va a ser esa postal de revista, y la realidad es bastante menos glamorosa. Pero hoy, con mis hijas ya grandes, lo que más quisiera es haberlo gozado un poco más, porque ahí, sin darme cuenta, ya estaba empezando mi relación con ellas.
Y luego llega el parto, y con él esos primeros meses que te dejan sin piso. Te preguntas cómo es posible que algo tan chiquito sea tan demandante, cómo cabe tanta necesidad en alguien que pesa nada. Nacen absoluta y totalmente dependientes de una: te necesitan para comer, para dormir, para calmarse, para todo. No hay forma de prepararte del todo para ese cansancio, ni para la ternura que viene pegada a él. Las dos cosas a la vez, todo el tiempo.
En esos meses me obsesionaba con darles el ambiente perfecto, y me costó entender que ese ambiente no existe. Lo que sí existe es una casa llena de amor, aunque ande de cabeza, aunque una ande despeinada y sin haber dormido. Si tú estás bien y ellos se sienten queridos, vas bien; no hace falta más. Ojalá alguien me lo hubiera dicho con todas sus letras cuando yo me sentía culpable por no tenerlo todo bajo control.
Algo de lo que no me arrepiento es del tiempo. Con un bebé no aplica eso de “poco tiempo pero de calidad”; ahí es mucho tiempo, y de calidad cuando se pueda, porque habrá ratos en que estés cansada, harta y hasta llorando de agotamiento, y está bien. Lo que ellos registran, aunque no hablen todavía, es que estás. Yo tuve el privilegio de tener ayuda en casa y aun así elegí estar encima; con el tiempo mi vida social prácticamente desapareció y mi familia se volvió mi mundo entero, y no lo cambiaría por nada.
Otra cosa que aprendí pronto es que, aunque los creas demasiado chiquitos para enterarse, no lo son: son esponjas, observan todo, absolutamente todo. Una termina enseñando más por lo que es que por lo que dice; no puedes pedirle a gritos a un niño que no grite. Así que en esos primeros meses, sin querer, ya les estás mostrando el mundo.
Mis hijas eran muy chiquitas cuando la vida nos fue moviendo de ciudad —de Monterrey a McAllen con la segunda recién nacida, y de ahí a Dallas—, y aunque cambió todo el escenario, esos años en que fui mamá de dos niñas pequeñas fueron de los más plenos que he vivido. Hoy los veo de lejos y entiendo lo que en el momento no alcanzaba a ver: que esa etapa agotadora y luminosa pasa rapidísimo y no vuelve. Si pudiera, volvería a vivir cada desvelo. Por eso, si estás en ella ahora mismo, hecha pedazos y enamorada al mismo tiempo, te diría una sola cosa: no tengas prisa por que pase.